1989 es uno de esos años extremadamente trascendentes para la 'Historia Mundial' (con mayúsculas y entre comillas). Ya lo podemos comprobar en los libros (o documentales, o internet). Pasaron muchas cosas, se gestaron otras tantas. Hay quienes aseguran que con el 89 llegó el fin de una de las décadas con mayor influencia cultural para futuras generaciones, creo que lo estamos constatando. Para algunos es el año que marca el fin del siglo XX, sus utopías y su modernidad. Podría decirse que es el año donde se definen la economía y el poder global como los conocemos. Pero mientras se caía el muro de Berlín, yo estaba muy ocupado (y dicen que celoso) cuidando y conociendo un regalo con vida propia que me enseñaron a esperar con la mayor de las ansias y emoción.
1989 no sólo cambió mi vida, le dió sentido. Nos convirtió en una familia, dándome una razón para vivir aprendiendo a compartir. Y me cuesta trabajo aceptar que ya pasaron 18 años... más de 18 años desde que fui el 'niño-vestido-de-hawaiiano' más feliz abriendo regalos para la niña que estaba dentro de mi mamá. Casi 18 años del día que esperaba, dibujando cartas para ambas, su regreso del hospital, con personas que al igual que los lugares ya sólo están en los recuerdos.
Desde entonces muchas cosas han pasado. Lo más importante es que empecé a crecer junto con el ser que más quiero y admiro, de quien más he aprendido, siendo tan distintos y al mismo tiempo tan iguales. A la que siempre extraño pero también siento cerca. Mi hermana es mi mejor amiga y mi conexión directa con la tierra siempre que lo necesito. También creo que somos, mutuamente, la influencia más grande en nuestras vidas. Por eso no me siento egoísta cuando más allá de celebrar su cumpleaños #18, festejo también mi mayoría de edad como hermano, es decir, todos estos años de estar juntos, construyéndonos, aguantándonos, conociéndonos y queriéndonos.
Con nadie como con ella siento que la infancia permanece, y cuando uno escribe posts como este, es porque los años, ahora sí, empiezan a contar... Ya estamos grandes...
En mayo de 1989 recibí el regalo más grande que me ha dado la vida. Me lo dieron mis papás y tiene el nombre más emblemático y triplemente amado de mi vida:
Mireya.